18.02.2026 — Las buhardillas del Gran Teatre del Liceu, 1989

“Y pocos minutos después, inesperado, un trueno hizo temblar el tejado: el anuncio de una tormenta de primavera. Y yo, por accidente, en medio. En ese espacio que no era de nadie. Ni de los vivos ni de los muertos.”

Estos días estoy escribiendo un fragmento del libro de museografía en el que trabajo. Habla de la importancia de los espacios cuando son vividos: espacios que condicionan la experiencia, que te forman y que, con el tiempo, influyen en cómo concibes espacios para los demás.

Las tres fotografías que comparto aquí son un testimonio muy concreto. Están tomadas en las buhardillas del Gran Teatre del Liceu, antes del incendio de 1994. Todo lo que se ve en ellas ya no existe. Yo acababa de cumplir 20 años. Era mi primer trabajo en Barcelona.

En aquel momento trabajábamos en una exposición-homenaje al escenógrafo Josep Mestres Cabanes. El montaje se hacía en el antiguo taller de los pintores de decorados, un lugar situado literalmente entre el patio de butacas y el cielo. Allí se desembalaban cajas y sobres con piezas frágiles; allí volvíamos a montar teatrines para después colocarlos en vitrinas.

En las imágenes aparece Isidre Bravo, a quien recuerdo con mucha estima: mi profesor de Historia de la Escenografía y director del Museu del Teatre. Su presencia en aquel contexto le daba densidad al día. Estar allí con veinte años, en ese punto del edificio, trabajando con esos materiales, fijó en mí una manera de mirar los lugares.

Ese fragmento del libro nace de ese sitio y de ese momento. Hay espacios que enseñan sin necesidad de explicarse. Y esa experiencia queda dentro cuando, más adelante, toca concebir espacios para los demás.

(1) Buhardillas del Liceu, con Isidre Bravo.
(2) Mesa de trabajo.
(3) Inauguración de la exposición.

Fotografías en papel: Pep Montoya